viernes, 25 de abril de 2008

San Antonio: Coro, costumbres religiosas

San Antonio: Coro, costumbres religiosas

El trece de junio del año 2005 participamos en la fiesta dedicada a San Antonio en la casa de la abuela de nuestro colega Luís Cazorla. Se recordará que esta es una familia que ilustra cabalmente los profundos vínculos existentes entre el barrio La Guinea y las serranías corianas. Se conserva allí la tradición de trasladarse desde la Sierra para cantarle cada año salves a la Santa Cruz en el mes de mayo; ahora lo hacen en la celebración que nos ocupa para rezar y cantarle el rosario a San Antonio en el día pautado por el calendario litúrgico católico.

Para la celebración se hacía un pequeño recorrido o procesión integrada por quienes estaban allá y los que se incorporaban en Coro. Cada quien llevaba una vela en la mano. En Caujarao se hacían determinadas operaciones para que se diera la cosecha. Un día de San José se le cantó a San Isidro y al final de la salve llovió.

Nos refieren la existencia de un señor que curaba, quien rechazaba que se tomaran notas acerca de lo que hacía y mucho menos aceptaba que se les hiciesen fotos. Pero su hijo copió en un cuaderno lo que el viejo sabía de memoria.

Nos refiere que su padre se trasladaba en el pasado a otros pueblos e incluso a otros estados venezolanos para sumarse a las fiestas. Llevaba consigo todos los santos, en el pago de las promesas. Era de Mapararí. La casa de la persona que solicitaba el pago de la promesa, pagaba todos los gastos.

En Paraguaná también le cantaban al santo. Salta a la vista un hecho que tenía lugar en el Zulia: sacaban a San Antonio. Entre los poblados que la comitiva visitaba recuerdan a Borojó y Dabajuro.

Antes se les rendía culto también a San Pedro y a San Pablo.

Refiere un integrante de la familia Cazorla que a veces se hace en su casa, es costumbre brindarle al santo cocuy, lo cual indica la vinculación de esta tradición local con lo nacional y también con la cultura de los aborígenes u originarios habitantes de Venezuela.

Se destaca en la celebración la foto de su padre fallecido hace 18 años colocada al lado de las imágenes de los santos, con lo cual se significa “como que está presente”. En el pasado esa foto se ponía debajo de la mesa. El padre dejaba en el altar el vaso en que bebía de noche.

Afirma que su padre era espiritista; curaba a mucha gente. Utilizaba la orina de la persona enferma y un cristal en un Jesucristo de plata. La persona se colocaba detrás de él y le decía, es decir, le transmitía el mensaje con su situación de salud. Un tío de Churuguara se lo había enseñado.

Utilizaba puros números, cerraditos, y letras. Al final, le dictaba la receta al consultado para que siguiera el tratamiento que convenía al caso. El Ministerio de Sanidad de entonces terminó por legalizarle su práctica médica afincada en la tradición más añeja y en lo que hoy conocemos como la medicina alternativa, específicamente la denominada verde.

Se nos hace patente el hecho de que, en las entrevistas con familiares de los Cazorla, pronto aparece la personalidad de Valentín Rodríguez, de 86 años de edad. Y los recuerdos y observaciones fluyen como tocados por una varita encantada.

Antes se rezaban seis rosarios por seis veces al día. En su altar no estaban María Lionza ni el Negro Felipe cuando “entró en lo celestial”. Había que tener cierta edad para aprender.”Cuando nos enfermábamos, nos curaban con medicina verde: se utilizaban ochenta una yerbas. Le decía a los médicos: la medicina es incolora y está compuesta de 81 yerbas. Curaba las hernias en una mata: le hacía un dibujo en el árbol y desaparecía la hernia.

El altar consiste en una mesa rectangular con una sábana encima y un mantel bordado, ambos de color blanco. Al fondo, un Jesucristo en la cruz, de madera y, de frente, de izquierda a derecha, el arcángel San Gabriel, San Benito con el niño en su regazo, Santa Ana con el niño, San Juan (delante: la virgen de Guadalupe), la Virgen del Carmen, la Divina Pastora. Detrás del entramado de estos santos, permanece oculta la foto de Valentín, el fallecido.

Se hace evidente, pues, que antes del o paralelo al culto a un santo católico el pueblo abría un espacio para reverenciar aquellos miembros fallecidos de su familia, es decir, se manifestaba un culto a los muertos que raramente es tomado en cuenta en lo escrito acerca de la cultura o de las tradiciones populares del Estado Falcón.

Tampoco resulta habitual en una celebración escuchar en la introducción a un rosario que se hace para alejar el mal y atraer el bienestar hacia la familia, luego de lo cual el oficiante se echa un palo de cocuy. A continuación comienza el rosario cantado, a golpe de cuatro y tamborita serrana.

Se pasa la invocación al ave María Purísima y a la Santa Cruz, a la manera de un preámbulo. El tío salta, cuenta a cuenta, de un pequeño rosario que agarra con uno de sus dedos de la mano izquierda, mientras reza. Luego reinicia el canto acompañado de la música ejecutada por los dos instrumentos antes señalados.

La observación nos hace desvelar la estructura o secuencia de la celebración que transcurre del modo siguiente:

1-. rosario rezado

2-. santo acompañado de cuatro y tamborita serrana

3-. pausa con sorbos de cocuy.

La segunda parte nos conduce de la mano al reino de lo real maravilloso: mientras se tocan los instrumentos musicales tan criollos y criollamente tocados se canta el latín. Veamos un ejemplo:

Ora, ora pro nobis

Estrella matutina

Ora, ora pro nobis

Regina confesorum

Ora, ora pro nobis...

María Mater Gratia: invocación hecha a la Divina Pastora. Se les canta a estos santos porque ellos evocan el mundo seráfico, (propio de los ángeles y arcángeles) y el de la Virgen protectora en la figura de cada una de sus diversas advocaciones. El objeto de veneración y recordación -el muerto- se convierte al mismo tiempo en motivo para la necesaria reunión de toda la familia.

No es difícil de señalar la originalidad de la celebración religiosa que estamos presenciando, subrayada por la música y la ingestión de una bebida ancestral como lo es el cocuy.

A las personas recién nacidas existía la costumbre de cantarles las salves, no se sabe si antes o después de colocarles el nombre del santo que aparecía en el calendario litúrgico católico el día del nacimiento.

Entonces existía la costumbre del bendito y alabado: el niño arrodillaba ante el padre le pedía “el bendito y alabado” para que le echara la bendición en esa posición. Luego quedó la de la bendición solicitada a los abuelos, tíos, padres e incluso a las personas mayores.

Después del último canto a San Antonio se vuelve a libar colectivamente cocuy y se pasa a un espacio menos apropiado a lo que pudiéramos definir como lo sagrado. Me refieren cómo se celebra San Antonio en El Tocuyo, donde naturalmente se produce el golpe tocuyano típico que es acompañado de la música de las celebraciones de la Zaragoza de Sanare.

San Antonio también es santo usado para hacer aparecer las cosas perdidas. Se le compra su velón y todo…… Sale a colación el suceso del hijo de un político cuya bicicleta se había perdido, se le invocó al santo y apareció.