viernes, 25 de abril de 2008

Tambor coriano, una reflexión, por José Millet

Tambor coriano, una reflexión, por José Millet

Existe un fondo inexplorado en la historia del tambor coriano. De lo que se trata entonces es de desvelar la trama, los hilos de esta tela de araña que nos permitan conocer cómo era aquel instrumento cuando surgió y cómo, cuándo y por qué evolucionó hasta llegar a su situación presente. Tengo la presunción de que en sus inicios el “tambor coriano” era un solo instrumento, que era percutido por una sola persona y luego se fue socializando lentamente hasta ser ejecutado por varias personas que se relevaban en el toque durante algún evento familiar o de mayor alcance colectivo, como el de una festividad religiosa. En el principio constituyó un vínculo, un canal de comunicación con el África ancestral de la cual había sido desarraigado el negro reducido a la condición de esclavo mediante el engaño y la violencia; luego se convertiría en un factor de unión para enfrentar en tierra extraña las adversidades propias de la situación del destierro.

El propio nombre con que se le bautizó y permanece hasta el presente apunta en esta dirección. ”El tambor coriano” y no “el baile coriano” nos lo indica notoriamente con claridad meridiana. El maestro coriano Miguel Lugo nos lo confirma con una afirmación categórica: “bailar el tambor coriano no vale nada, sino el repicarlo”. Sin menospreciar cualquier otra expresión artística añadida o resultante de una evolución o circunstancia a la que se ha llegado, no obstante la tradición está señalando con esto su núcleo principal de partida, que es a su vez el foco centrípeto en el que se confluye y en el que subordina al resto de las expresiones artísticas que giran en torno de sí. De ahí que en el habla común, tanto como en ese fondo inescrutado e inexplorado, reviente la palabra “tambor “como elemento de referencia simbólica, a la vez que remitente a un pasado ancestral y a un núcleo aglutinador de personas sometidas a la aculturación y al despojo violento de todo arsenal de símbolos connotativos de un origen.

Asumiendo esta perspectiva, el tambor coriano tal vez deba ser interpretado como el grito desesperado del oprimido que agarra en las manos el medio más eficaz con que sobrevivir ante una situación de violenta deculturación. El baile podría ser visto así como lo que se le añade posteriormente, en medio de un proceso de transculturación enmarcada en ese proceso agresivo. Tambor remite a África ; África es sinónimo de esclavitud para el colonizador y esclavo significa ser carente de cultura ante sus ojos y los ojos de los grupos sociales que continuarán ejerciendo el dominio colonial y que lo prolongarán durante las denominadas Repúblicas .Era necesario, pues, desdibujarlo, debilitarlo o hacerlo desaparecer si fuese conveniente, más sobre todo a partir del conato de insurrección liberado por José Leonardo Chirino, en la sierra coriana, a mediados de la década de los noventa del siglo dieciocho.

El tambor tendría que negociar con la cultura dominante su status y ubicación en la sociedad colonial y postcolonial para garantizar su sobre vivencia. Se adaptaba a las exigencias del colonizador o desaparecería: tal era la dramática disyuntiva a la que se enfrentaría .En el juego con el poder que lo negaba, aparecerían estrategias de resistencia; de una de esas estrategias se derivaría el crecimiento del número de tambores de la agrupación instrumental y la incorporación de otras expresiones artísticas, como la danza de carácter étnico y luego otras formas de representación escénica, que incluían el baile. Como resultante, en lo relativo al contenido de esas ricas expresiones escénicas, éste se desarrollaría hasta concretarse en un campo semántico cada vez más amplio y abarcador. En lo adelante, decir tambor en cualquier sitio del actual Estado Falcón significaría corianidad, que es como actualmente se le percibe y recibe en la gente común, no sólo en los vecinos de los barrios marginados de la ciudad. Es lo que nos manifiesta el joven docente de percusión Gustavo Ricaurte cuando se refiere a que, para el conocedor, tanto el tambor veleño, como el marinero o cumarebero, o aun el serrano, se le califica con ese linaje.

Un cerco racista y contracultural habría sido impuesto por la clase dominante desde la colonia para impedir el reconocimiento de los valores creados por el pueblo en lo relativo a su espiritualidad. La clase social dominante, primero los oligarcas y luego los burgueses, se propondrían como estrategia de dominación en el campo de la cultura descalificar al complejo cultural denominado “tambor coriano“ para impedir que se siguiera manifestando como lo había hecho en el pasado .No se trataba de una acción aislada. Todo lo contrario. Esta descalificación formaba y forma aún parte de la plataforma de dominio que abarca un conjunto de actos dirigidos a colocar en primer plano a la “cultura oficial, con la que siempre se ha impuesto la imagen de la que debe entenderse por cultura. Todo lo demás, si no carece de valor para este punto de vista, cuando más, es subalterno: está en segundo plano y, como tal, debe tomarse como algo secundario, que en cualquier momento puede ser colocado a un lado.

En el transcurso del siglo XX los curazoleños asentados en Coro desempeñaron un papel muy importante en la reafirmación del tambor como signo emblemático de la expresión artística de la cultura tradicional popular que había sido negada y excluida durante mucho tiempo .Hemos mencionado los nombres de algunos de los personajes más destacados en esta labor. Ellos posibilitaron que en la memoria colectiva del barrio La Guinea de la ciudad de Coro se mantuvieran presentes algunos elementos que remitían al pasado ancestral, en particular aquellos que siempre quisieron borrar. Volvamos a recordar los bailes del tambor que tenían lugar en La Guinea en el período de la insurrección de José Leonardo Chirino, nunca olvidemos cómo se dejaba traslucir en sus cantos lo que se estaba gestando en la sierra coriana en relación con la insurrección encabezada por aquel hombre mestizo, pero que contaba con la adhesión de esclavos, negros y mulatos libres y de parte de la población aborigen.

Asimismo los curazoleños abrieron el camino para que se estudiaran y aprendieran nuevamente las claves del tambor, debilitadas o relegadas durante un tiempo. A su lado, compartiendo un espacio cultural entendido peyorativamente como “folklore, se situaron algunos corianos que habrían de adquirir los conocimientos indispensables para que el tambor coriano no muriera. En páginas anteriores hemos proporcionado sus nombres, que deberán ser objeto de investigación por los estudiosos y cronistas de las localidades. Cuando logremos materializar nuestro proyecto de Museo del Barrio La Guinea, al pie de sus retratos o fotos deberá colocarse la síntesis de sus biografías para que la comunidad conozca sus méritos y, tanto niños como jóvenes, tengan en ellos dignos modelos con que orientar la comprensión de su pasado y su comportamiento actual.

Mucha gente ignora el lugar en que se tenían a aquellas numerosas y ricas expresiones de la cultura tradicional popular .Debe estimularse para que se active la memoria colectiva, en especial en aquellas zonas en que se ha producido una manipulación en el inconsciente para que no afloren los recuerdos. El tambor coriano no sólo fue menospreciado y colocado en espacios marginales de la sociedad neocolonial, sino también fue excluido y perseguido durante mucho tiempo hasta períodos recientes previos al actual proceso de la revolución bolivariana .Disponemos de testimonios de vecinos del barrio La Guinea-Curazaito que dan cuenta de cómo las “señoras damas, esposas de la godocracia” local veían con malquerencia a las muchachas pobres que se sumaban a los desfiles del tambor por algunas calles de Coro durante diversas celebraciones festivas, como las del inicio de las Navidades. Estas damas estaban animadas no de un natural celo por sus parejas masculinas, sino motivadas en su inconsciente por arraigados prejuicios sociales que las predisponían a rechazar y alejar del espacio social en que ellas se desenvolvían (léase el actual mal denominado casco histórico o centro colonial de la ciudad mariana) a la música de aquellas personas de barrio que necesariamente había que mantener a “distancia.”

Fue así cómo esas señoras lograron promover un estado de opinión dirigido a movilizar a las autoridades gubernamentales del municipio en contra del tambor coriano. Según obra en el Archivo Histórico de la actual Alcaldía Miranda*, se promulgó entonces un decreto del jefe militar y civil Gabriel A. Reyes, en que se califica al tambor o mabil de “espectáculo que desdice en alto grado de la cultura y civilidad de los pueblos” y en él se discurre que con semejante espectáculo se ofende la moral pública. En consecuencia, mediante tal instrumento legal se ordena prohibir “semejante baile en las partes céntricas de la población”.

La represión no se quedó en semejante acto de marginación o exclusión, sino que iría más allá; así, en otra de sus medidas, obligaba a la gente humilde de los suburbios donde ese instrumento era guardado celosamente y se realizaban tales celebraciones asociadas a él a obtener previamente el permiso correspondiente de la primera autoridad del Distrito, que era como se llamaba entonces al Municipio.

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­ * Libro de resoluciones y decretos de la gobernación del Distrito Miranda Años 1903-1906.Documento II, folio 11-12. Alcaldía Miranda .Archivo Histórico.

Comprobamos con ello cómo se determinaba, sin decirlo explícitamente en el texto del mencionado decreto racista, su prohibición: se exigía, como requisito indispensable, que dicha solicitud se hiciera “en papel sellado de la clase sexta y con estampilla de instrucción de 50 céntimos, comprometiéndose el solicitante a responder del orden”, mientras se celebraran las fiestas populares en el barrio al que se le confinaba.

Faltaba dar todavía una última vuelta de tuerca para estrangular al humilde, que era precisamente la más fuerte, la de tipo económico: el solicitante debía pagar previamente diez bolívares, que era un capital en la época ¡y si, contravenía lo dispuesto, diez o veinte bolívares o arresto correspondiente”. La espada de Damocles era colocada en la cabeza de la gente humilde a la que se arrinconaba en sus guetos, en los que podía divertirse y reafirmar su identidad local sólo si cumplía con requisitos que no estaban al alcance de los bolsillos de gente pobre, negra, mulata y sin recursos materiales, quienes sólo disponían de lo más elemental para mantenerse en un nivel de sobre vivencia.